Shiga: El Rubí Comestible, el Biombo Susurrante y las Pagodas de la Fe
Yumi TanakaEn la provincia de Ōmi, la actual Shiga, el tiempo no solo fluye en las aguas del vasto Lago Biwa. Se decanta en texturas insólitas, se plasma en pigmentos sobre fondos de oro y se petrifica en miles de oraciones silenciosas. Aquí, donde la historia de Japón se siente como una corriente subterránea, los sentidos se agudizan para descubrir un umami que va más allá del paladar, un umami del alma.
El Misterio del Aka Konnyaku: Un Rubí en el Caldero
En la pintoresca ciudad de Ōmihachiman, un enigma culinario flota en los calderos de oden y nimono. Es el Aka Konnyaku, una gelatina de konjac de un profundo y vibrante color rojo. A diferencia de su primo pálido y moteado, este rubí comestible posee una leyenda tan audaz como su apariencia. Se susurra que el mismísimo Oda Nobunaga, en su afán por lo extravagante y llamativo, ordenó que el konjac se tiñera de rojo para que nadie pudiera confundirlo con algo insípido.
La realidad es una alquimia más sutil. El color no proviene de un capricho, sino del sankatetsu, un óxido de hierro de grado alimenticio que se añade durante su elaboración. Este proceso no solo le confiere su tono carmesí, sino que también altera ligeramente su textura, haciéndola más firme y con una mordida más satisfactoria. Al probarlo, uno no encuentra un sabor metálico, sino la pureza del konjac, un lienzo dispuesto a absorber la esencia del dashi, el miso o la soja con una devoción absoluta.
El Biombo de Hikone: Una Ventana al Mundo Flotante
En el silencio reverente del Museo del Castillo de Hikone, un tesoro nacional despliega un instante congelado del período Edo. El Hikone Byōbu no es una simple pintura; es un portal. Sobre un fondo de pan de oro que parece vibrar con luz propia, se desarrolla una escena de ocio y placeres efímeros. Un grupo de hombres y mujeres, ataviados con kimonos de seda exquisitamente detallados, se entregan a los pasatiempos del "mundo flotante".
La mirada se pierde en los detalles: una mujer afina un shamisen, su concentración palpable en la delicada curva de su cuello. A su lado, otros juegan al sugoroku, mientras una joven lee absorta una carta, quizás de amor, con una mezcla de anhelo y melancolía. El artista, anónimo, capturó no solo las modas y costumbres, sino la psicología sutil de un momento. Cada pliegue de tela, cada gesto, cada mirada intercambiada, narra una historia de belleza fugaz, un perfecto eco del concepto de mono no aware.
La experiencia de Shiga se completa cuando el viaje se convierte en una peregrinación, no solo a través de sabores y arte, sino hacia la fe tangible y silenciosa que impregna su paisaje. Es un camino que nos lleva desde el bullicio de un biombo hasta el silencio de un bosque de piedra.
Ishidō-ji: Un Bosque de Oraciones en Piedra
Lejos de las rutas más transitadas, en Higashiōmi, se encuentra el templo Ishidō-ji (石塔寺), cuyo nombre se traduce literalmente como "Templo de las Pagodas de Piedra". El nombre no podría ser más acertado. Al cruzar sus terrenos, uno se adentra en un paisaje sobrecogedor: miles de pagodas de piedra en miniatura, conocidas como gorintō y hōkyōintō, se alzan entre el musgo y los árboles. Cada una es una ofrenda, una oración, un recuerdo de un alma que ha pasado.
La pagoda principal, un imponente hōkyōintō de tres pisos, es un tesoro nacional, pero es la acumulación de las miles de ofrendas anónimas lo que conmueve el espíritu. Caminar entre ellas es como navegar por un mar de devoción petrificada. Cada pequeña torre, con sus cinco anillos representando los elementos budistas (tierra, agua, fuego, viento y vacío), es un microcosmos de fe. Es un lugar que no exige nada, solo invita a la contemplación y al respeto por las incontables vidas que buscaron consuelo en este gesto eterno.
Un Itinerario para los Sentidos
Para abrazar la esencia de Ōmi, el viajero debe permitirse fluir entre estos tres pilares de la cultura local. La experiencia es un crescendo de sensaciones.
- Comenzar en Ōmihachiman: Buscar una pequeña taberna o un puesto de oden para probar el Aka Konnyaku. Sentir su textura única y apreciar cómo un ingrediente tan humilde puede contar una historia tan grandiosa.
- Viaje a Hikone: Dedicar una tarde al Museo del Castillo de Hikone. No hay que apresurarse frente al Hikone Byōbu. Hay que dejar que la escena nos envuelva, que los susurros de los personajes lleguen a través de los siglos.
- Peregrinaje a Ishidō-ji: Culminar el viaje con una visita al bosque de pagodas. Es un lugar para el silencio, para sentir el peso de la historia y la ligereza de la fe. El mejor recuerdo no es una foto, sino la sensación de paz que se lleva consigo.

Yumi Tanaka
Gastronomía"Exploradora culinaria y sommelier de sake. Persiguiendo el Umami perfecto por todo el archipiélago."